Reflexión


Hoy no estoy para nadie. Encerrado en mi habitación, como decía la letra de una popular canción ochentera. Así me encuentro. He puesto en el pomo de la puerta el cartelito de “No molesten”. Estoy reflexionando. Aprovecho que no es un sábado cualquiera y ordeno todos y cada uno de los mensajes, promesas y proclamas con las que nos han bombardeado durante los últimos meses. Bombardeo que se ha vuelto más intenso en las últimas dos semanas. De pronto se ha hecho el silencio y… Nos hemos quedado sordos.

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Menos mal que es fin de semana y podemos disfrutar del tiempo de asueto. Me he levantado tarde, he desayunado churros con chocolate después de hacer footing durante una hora; una ducha y a la calle. Reunión con amigos, el aperitivo de mediodía que no falte y la comida con la familia. Sin olvidar que de cada paso anterior hay constancia perpetua en mi perfil de redes sociales para que luego no me digan los “followers” que no presto atención a mi cuenta. A pesar de tanta actividad, no me distraigo de lo fundamental: Reflexión.

La jornada transcurre desenfadada, con comentarios triviales. No obstante, a medida que cae la tarde un hormigueo empieza a recorrer todo mi cuerpo. De pronto, dejo el libro que empecé ya no sé ni cuándo. Pongo la tele: Jornada de reflexión por aquí y por allá. Cambio de canal, pero el hormigueo se hace más intenso. Son los nervios, ha comenzado la cuenta atrás y sigo en punto muerto. Mis pensamientos y mis ideas no acaban de encontrar el equilibrio. Antes, ver un partido de fútbol, me ayudaba a evadir la mente, distraerme. Lo pasaba bien. Ahora, en este momento, me invita a abrir una reflexión más profunda. Algo no estamos haciendo bien.

Otra canción ochentera decía: “Hacemos balance de lo bueno y malo”. ¿Es eso reflexionar? Puede, porque hay matices. Ni todo es blanco, ni todo es negro. En la vida hay grises, que están en medio y a los que hay que darles su valor. Los claroscuros lucen en la oscuridad.

Esta jornada de reflexión está resultando muy larga, quizás demasiado. Estoy cansado y me duele la cabeza. Recibo la última llamada del día “Sólo es para desearte buena suerte” dice mi interlocutor que además me anima para superar la larga jornada electoral. Le doy las gracias y le digo que la reflexión me ha servido de mucho: ejerceré mi derecho.

Otra cuestión que tengo claro es que acabó la campaña y que mañana comenzará otra. ¡Qué el ritmo no pare!





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